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Diseñado por Apple en California. Ensamblado en China”. En la última década, las palabras grabadas en la parte trasera de los iPhones eran la síntesis del acuerdo tecnológico que existía entre las dos mayores economías del mundo. Estados Unidos aporta el cerebro y China, el músculo.

Ya no más. Los gigantes tecnológicos globales chinos Alibaba y Tencent tienen valuaciones de mercado cercanas a los US$500.000 millones, rivalizando con la de Facebook. China tiene el mercado de pagos online más grande. Sus equipos se exportan a todo el mundo. Tiene la supercomputadora más rápida. Está construyendo el centro de investigaciones de computación cuántica más espléndido. Su futuro sistema de navegación satelital estará en condiciones de competir con el GPS estadounidense para 2020.

Estados Unidos está nervioso y preocupado. Hay una investigación en curso que se prevé que llegará a la conclusión de que el robo de propiedad intelectual por China costó US$1 billón a compañías estadounidenses; la consecuencias son aranceles que afecten mucho al país asiático. A principios de año, el Congreso votó una ley para impedir al gobierno hacer negocios con dos firmas de telecomunicaciones chinas, Huawei y ZTE. Eric Schmidt, expresidente de Alphabet, la empresa dueña de Google, alertó que China superará a Estados Unidos en inteligencia artificial (IA) para 2025.

La semana pasada, el presidente Trump bloqueó abruptamente la compra hostil (por US$142.000 millones) del fabricante de chips Qualcomm por parte de Broadcom, un rival domiciliado en Singapur, citando temores en cuanto a la seguridad nacional por el peligro de que China lidere la nueva tecnología inalámbrica 5G. Como tantas veces, Trump identificó un desafío genuino, pero dio una mala respuesta. El auge tecnológico chino requiere una respuesta estratégica, no reacciones descontroladas.

Para comprender cuál debería ser la estrategia, primero se debe definir el problema. Es natural que una economía del tamaño de un continente en rápido crecimiento con una cultura de investigación científica disfrute de un renacimiento tecnológico. China ya cuenta con una de las mayores concentraciones de científicos de IA. Tiene más de 800 millones de usuarios de Internet, más que cualquier otro país, lo que significa más datos para probar y perfeccionar su nueva IA. Los avances tecnológicos que resultarán de ello beneficiarán a incontables personas, entre ellas los estadounidenses. Que Estados Unidos busque contener a China solo para preservar su predominio, balcanizando aún más Internet, es una receta para un mundo más pobre, con más discordia y posiblemente más proclive a la guerra.

Pero una cosa es que un país domine en el terreno de los televisores y los juguetes y otra que domine las principales tecnologías informáticas. Son la base para la fabricación, la interconexión y el poder destructivo de sistemas de armamento avanzados. En general, a menudo están sujetas a efectos de interconexión extremos, en los que un ganador establece una posición insuperable en cada mercado. Esto significa que un país puede verse impedido de acceder a tecnologías vitales por rivales extranjeros que cuentan con fuerte soporte del Estado. En el caso de China, esos rivales responden a un régimen autoritario opresivo que se presenta como alternativa a la democracia liberal, en particular en Asia. China insiste en que quiere un mundo en el que todos ganan. Estados Unidos no tiene más alternativa que ver la tecnología china como un medio para un fin no deseado.

La cuestión es cómo responder. La parte más importante de la respuesta es recordar los motivos del éxito de Estados Unidos en las décadas del 50 y 60. Programas estatales que buscaban superar a la Unión Soviética en sistemas espaciales y de armamento impulsaron la inversión en educación, investigación e ingeniería en una amplia variedad de tecnologías. Esto dio nacimiento a Silicon Valley, que se vio invadido por un espíritu de libre investigación, vigorosa competencia y un incentivo capitalista saludable de ganar dinero. Se vio potenciado por un sistema inmigratorio que recibía con los brazos abiertos a mentes brillantes de todos los rincones del planeta. Sesenta años después del momento del Sputnik, Estados Unidos necesita la misma combinación de inversión pública y emprendimiento privado en pos de un proyecto nacional.

La otra parte de la respuesta es actualizar resguardos de seguridad nacional frente a las potenciales amenazas digitales de China. Se debe ampliar la misión del Comité para las Inversiones Extranjeras en EE.UU. (Cfius por sus siglas en inglés), un ente que responde a múltiples reparticiones y que es el encargado de analizar los acuerdos que afectan la seguridad nacional de modo que pueda investigarse inversiones minoritarias en IA, digamos, tanto como adquisiciones. Las preocupaciones por un proveedor de componentes críticos no necesariamente tienen que llevar a prohibiciones. Gran Bretaña encontró un modo creativo de mitigar algunas de sus preocupaciones de seguridad relacionadas con China usando un centro de evaluación para analizar hasta el último detalle de hardware y software de los sistemas que Huawei provee para la red telefónica.

Frente a esta medida, Trump se queda corto en todo. La decisión sobre Broadcom sugiere que la desconfianza válida respecto de la tecnología china se está convirtiendo en proteccionismo declarado. Broadcom ni siquiera es china; la justificación para bloquear el negocio fue que era probable que invirtiera menos en I&D que Qualcomm, permitiendo que China tomara la delantera en cuanto a establecer estándares.

Se dice que Trump ya rechazó un plan que buscaba imponer aranceles a China para compensar por la transferencia forzada de tecnología, pero solo porque los montos eran demasiado pequeños. Si Estados Unidos fuera a imponer aranceles sobre dispositivos electrónicos chinos de consumo masivo, por ejemplo, perjudicaría su propia prosperidad sin hacer nada en favor de la seguridad nacional. Una orientación anti-China agresiva tiene el obvio riesgo de provocar un enfrentamiento comercial que dejaría a las dos mayores economías del mundo en peor situación y también más inseguras.

El enfoque de Trump está definido solo por lo que puede hacer para ahogar a China, no lo que puede hacer para mejorar las perspectivas para Estados Unidos. Su récord en este sentido es abismal. El gasto del gobierno federal de EE.UU. en I&D fue de 0,6% del PBI en 2015, un tercio de lo que era en 1964. Y, sin embargo, la propuesta de presupuesto del presidente para 2019 incluye un recorte del 42,3% en gasto discrecional no relacionado con la defensa hasta 2028, que es de donde provienen los fondos para investigación científica. También hizo más difícil obtener visas de ingreso a inmigrantes altamente capacitados. Estados Unidos tiene razón en preocuparse por la tecnología china. Pero la respuesta no pasa por darles la espalda a las cosas en las que basa su grandeza.

Fuente: La Nación

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