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José F. Otero, El Economista

El 2020 ha sido un año lleno de controversias para la industria de telecomunicaciones. El principal protagonista ha sido la pandemia del Covid-19 que forzó a numerosos actores a revisitar su modelo de negocios para posponer lanzamientos y reducir inversiones. Desde una perspectiva regulatoria, la pandemia dejó numerosas enseñanzas siendo la más obvia el resaltar la importancia de las redes de telecomunicaciones en la vida de las personas.

Las cuarentenas forzadas en países donde el liderazgo del gobierno sí tomó en serio la emergencia sanitaria tuvieron como una de sus múltiples consecuencias mostrar la transversalidad de las telecomunicaciones. De esta forma, el discurso repetido por décadas por especialistas del sector tomó un nuevo tono. Ya no se trataba de videos futuristas o de láminas en presentaciones hablando de como por medio de un celular se podría estudiar, trabajar o simplemente coordinar servicios de primera necesidad. Podría decirse que la curva de aprendizaje tanto del consumidor como de los responsables en la toma de decisiones de política pública avanzó a paso acelerado.

Desgraciadamente, la pandemia también sirvió para ilustrar en muchos países la falta de información confiable y útil. Dicho de forma directa, quedó reflejado como las estadísticas que por años habían sido motivo de orgullo para distintas entidades de gobierno en el momento de una tragedia ayudaban poco o nada. Los famosos números de penetración de líneas o de adopción de servicios mostraban una visión poco confiable de lo que realmente sucedía en el país al esconder bajo un solo manto los distintos tipos de acceso con los que contaban las personas, tanto en términos de servicio como de dispositivos.

De esta forma, observamos como muchos se daban palmaditas en la espalda hablando de una nueva normalidad que realmente identificaba a un porcentaje minúsculo de la población. También quedó nuevamente comprobado que cobertura no es lo mismo que adopción de servicios y que para hablar de conectividad se tiene que hablar de reducción de pobreza, infraestructura civil y un marco regulatorio que minimice la burocracia en tiempos de emergencia.

Nuevamente, el 2020 ha confirmado la necesidad de establecer un plan de desarrollo económico transversal donde las tecnologías digitales tomen un lugar de prioridad. Aclaro que no todos los gobiernos a nivel global han podido, o no han querido, entender las moralejas de la pandemia. Gobiernos en otras latitudes la importancia del mundo digital ha llevado a los gobiernos a reforzar los organismos de regulación de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC) para que coordinen con otras entidades de gobierno como se puede utilizar la tecnología en los distintos segmentos verticales de la economía para incrementar la productividad o de cómo utilizarla para hacer más eficientes los servicios públicos a la ciudadanía.

Mientras tanto en México lo que se ha observado es un fenómeno diferente, se ha intentado robar autoridad al ente autónomo que regula las telecomunicaciones mientras se desmantela el que llevaba política pública para el sector. La segunda economía de América Latina vivió un 2020 donde no hay un plan concreto de desarrollo de las telecomunicaciones para ofrecer servicios a comunidades vulnerables, de bajo poder adquisitivo o baja densidad poblacional.

Las acciones del gobierno del presidente López Obrador muestra que quienes más necesitan de acceder a una mejor infraestructura digital han sido ignorados por una administración que desconoce las diferencias entre cobertura poblacional y geográfica, la existencia de diferentes plataformas tecnológicas que pueden ofrecer un mismo servicio o la suma importancia de que el regulador del sector TIC sea autónomo, o sea, no controlado por el poder ejecutivo. ¿Cómo puede regularse un sector con tanto dinamismo cuando la entidad encargada pierde tiempo y dinero defendiéndose de embates mal concebidos desde la presidencia de la nación?

El 2020 nos ha dado pruebas de la importancia de las TIC en el desarrollo de un país y de su papel vital en momentos de emergencia. También nos ha mostrado que para que esta infraestructura pueda funcionar a cabalidad tiene que estar acompañada de políticas públicas que fomenten su crecimiento. Al menos esa es la lección que muchos países han ido aprendiendo gracias al Covid-19, dar conferencias de prensa para referirse al sector de forma demagógica es contraproducente. México merece muchísimo más, ojalá lo consiga en el 2021.

Fuente: El Economista

 

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