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Agencias

Un reciente estudio de la consultora McKinsey, firmado por Will Forrest y otros profesionales de diversas oficinas de la firma, titulado, en traducción libre, «La disputa por el premio de un trillón de dólares de las nubes de Internet», pone de manifiesto que el crecimiento imparable de la red global está en continua evolución, ofreciendo un potencial enorme de creación de riqueza para las economías de todo el mundo y de beneficios para las empresas que sepan aprovecharlo. Las nubes de Internet son más que un desplazamiento de recursos de computación, almacenamiento y cada vez más inteligencia artificial a un entorno compartido, flexible y siempre disponible, hecho posible y a la vez derivado del uso del protocolo IP (Internet) para la interconexión de ordenadores (entre los cuales los más numerosos son los cerca de 3.800 millones de «smartphones» que según Statista accederán a recursos informáticos en las nubes públicas y con toda probabilidad ya más de la mitad de la población de la Tierra utiliza de diversas maneras y de forma continuada tales recursos, pues en realidad Internet y la computación en las nubes son prácticamente inseparables.

Una trayectoria sin parangón desde su puesta de largo en 2006 por Amazon con el concepto de «computación elástica», aprovechando la capacidad propia de procesamiento de datos excedentaria y que dio lugar al nacimiento de AWS, el líder actual de las nubes públicas, con una cuota del 32% del mercado, en un negocio para el que la consultora Gartner espera unas ventas en 2021 próximas a 254.000 millones de euros. Las nubes representan una forma novedosa y extremadamente eficiente de operar y gestionar las aplicaciones que requiere cualquier negocio, sea en lo que representa su oferta comercial y su interacción con el mercado y sus clientes, en su gestión interna de recursos humanos y materiales o en los protocolos de relación con sus proveedores, con las autoridades y con el público en general. El estudio de referencia ve las nubes como la expresión del procesamiento de datos en la era de Internet, en la que la inversión en capacidades de cálculo o de almacenamiento de datos no tiene sentido, convirtiéndose en un gasto variable -normalmente creciente- en función del volumen de transacciones o del número de registros asociados a una actividad concreta, con o sin ánimo de lucro.

La inversión la hacen por cuenta de todos los demás fundamentalmente los titanes de Internet (Amazon/AWS; Microsoft; Google; Oracle e IBM en Occidente y Alibaba y Tencent en China), que por si mismos tienen la escala para reducir de manera prodigiosa los costes unitarios de este modelo operativo de sistemas de información y pueden además impulsar de manera estructurada (es decir, desarrollando un catálogo de productos y servicios) los procesos de renovación e innovación en tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) al que McKinsey asocia el inmenso premio mencionado al inicio y que según el mismo informe en ciertos sectores económicos pueden arrojar mejoras potenciales de los márgenes operativos superiores a 20 puntos en lo que resta de década, abriendo la posibilidad de que los entornos competitivos se dinamicen gracias al acceso indiscriminado de las empresas líderes y seguidoras a similares capacidades tecnológicas, redundando presumiblemente en una mejora notable de la productividad general y, quizás como aspecto negativo, del agravamiento de la desigualdad, entre los ocupados en estas actividades basadas en las nubes de Internet y los que no participen en las mismas.

La renovación es el primer paso en la generación de ahorros en el desarrollo de aplicaciones y en el despliegue y mantenimiento de infraestructura tecnológica, a través de la transferencia a un tercero especialista y una digitalización extensa de los procesos básicos de la actividad. Al ahorro de costes sigue la innovación, como palanca de crecimiento de la actividad -con los sistemas de información ya reubicados en las nubes- por medio del uso de herramientas de captura y análisis de datos y automatización para la generación acelerada de ofertas personalizadas de productos y servicios, reduciendo significativamente su plazo de lanzamiento comercial, simultáneamente en múltiples segmentos y mercados geográficos, aprovechando la escala planetaria de los proveedores de las nubes.

Finalmente, una vez asentadas, optimizadas y asimiladas como rutinas las prácticas de renovación e innovación la experimentación permite penetrar las vanguardias tecnológicas que puedan enriquecer y ampliar los parámetros de la actividad, por ejemplo la adopción selectiva de la computación cuántica provista por los mismos proveedores de las nubes públicas, las recreaciones aumentadas y virtuales de la realidad que sirven para el diagnósticos científicos e industriales o el empleo de sistemas distribuidos de registro de transacciones como blockchain. Naturalmente, no se trata simplemente de levantar y trasladar (lift and shift en inglés) lo que se viene haciendo con infraestructura propia para pasar a hacerlos en las nubes.

El mayor centro de datos del mundo ocupa 110 campos de fútbol

Las empresas que están consiguiendo los mayores éxitos en Internet tienen estrategias detalladas y constantemente revisadas de crecimiento orgánico, ampliación de su oferta de productos o servicios y entrada en mercados contiguos -especialmente en actividades no reguladas y en áreas económicas integradas, como la UE, USMCA o ASEAN-, reformulación de procesos, adaptación de sus organizaciones a los mismos y captación de oportunidades de mejora en función de experiencias dispersas, que son incompatibles con la perpetuación de formas de hacer propias de las certidumbres y plazos de épocas pasadas, incluso recientes. Las nubes públicas de Internet son ya prácticamente ubicuas y su realidad física tiene una capilaridad creciente, especialmente en los países industrializados, en los que los datos tienen una monetización más valiosa en función de la renta media y de la sofisticación de los mercados de bienes y servicios. A medida que la malla física de Internet se ha ido espesando por el desarrollo de las redes de telecomunicaciones, también se han multiplicado los centros de procesos de datos, algunos de tamaños inabarcables (el más grande del mundo, en Lanfang (China) tiene una extensión equivalente a 110 campos de fútbol) y otros aunque repartidos en varios edificios, como el de Amazon en Ashburn (próximo a Washington, DC) tienen un consumo de electricidad equivalente al de un millón de hogares. Incidentalmente, según un artículo de 2013 del Berkeley National Laboratory (sufragado en parte por Google), la transferencia de los centros de proceso de cálculos privados a las nubes públicas podría generar una eficiencia energética, para una actividad que en 2025 según Earth.org puede llegar a consumir en todo el mundo cerca de la mitad del consumo de los Estados Unidos.

Por otro lado, con el fin de acercar el procesamiento de los datos a sus fuentes y lugar de uso de la información, se ha desarrollado la computación «al borde», imprescindible para funcionalidades muy avanzadas, basadas en procesos de decisión con inteligencia artificial, como los vehículos autónomos. Todas esos centros de cálculo requieren una gestión muy rigurosa, en razón de su complejidad y elasticidad, integrando de manera virtual y prácticamente infalible la operación de millones de servidores en innumerables entornos y diferentes proveedores, razón por la cual la intensa competencia en este campo entre los titanes de Internet, objeto de la portada del semanario The Economist de 27 de Febrero pasado (Tech’s big dust-up y el interesante artículo en la misma publicación collusion and collisions) tiene unos contornos imprecisos, toda vez que los grandes usuarios, por razones de seguridad y flexibilidad, pueden obtener, gestionar y supervisar sus plataformas repartidas entre varias nubes públicas con las herramientas de integración provistas por los proveedores en competencia (AWS Outpost, Azure Arc o Google Anthos), de tal modo que la interoperatividad y transferibilidad de cargas de trabajo -«multilingüismo» de los titanes de Internet, le llama The Economist- permiten augurar la convivencia de las distintas nubes públicas en un mercado de precios opacos y elevadas barreras de entrada, a medida que se accede a la provisión de valor añadido que permite a los usuarios llegar a la fase de experimentación tecnológica antes mencionada.

La nubes de Internet convierten el procesamiento de datos, la memoria y otros componentes abstractos de la informática en objetos susceptibles de ser comprados y vendidos de manera estructurada y transparente, al por mayor, como se hace de manera muy eficiente con la electricidad o el ancho de banda.

Lo cierto es que desde las estadísticas básicas de cualquier actividad hasta la documentación de las investigaciones más avanzadas que pueden llegar a convertirse en invenciones dignas de protección, pasando por comunicaciones personales de valor incalculable, cada vez más la memoria, la creatividad y la inteligencia de todos residen en las nubes de Internet, lo que da igual idea del potencial del medio como de la necesidad de contar con mecanismos adecuados de protección, como la redundancia de instancias, la encriptación de las comunicaciones y la posibilidad efectiva de trasladar y eliminar los registros a voluntad de los titulares de los datos, clientes y usuarios de las nubes, sin menoscabar el potencial de crecimiento de las mismas, como motores de una nueva ola productividad y creación de riqueza asociada a los nuevos procesos de diseño, fabricación y comercialización (Industria 4.0) basados en su digitalización y el reciclado inteligente de los datos, mediante los sistemas industriales ciberfísicos y la extensión del Internet de las Cosas, las comunicaciones de alta densidad, mínima latencia y máxima fiabilidad, originalmente propuesto en 2012 como Internet Industrial por GE, que desarrolló la plataforma «Predix» para el diagnóstico de las opciones de digitalización de diferentes sectores industriales. En la economía del ocio las nubes públicas tienen también un papel destacado. Así, solo recurriendo a la prodigiosa escalabilidad de la nube global de Amazon ha podido Netflix superar los 200 millones de suscriptores en todo el mundo (salvo China, Siria, Corea del Norte y Crimea, no por razones técnicas si no de orden público), sin que existan quejas de los clientes por la calidad del servicio («streaming») o del modelo de relación comercial (100% digital).

Más de dos tercios del tráfico web se lo reparten los colosos de Internet

La madurez y rápida evolución de la computación en las nubes, que se concreta en el desarrollo de aplicaciones que abarcan procesos de negocio de principio a fin («BPaaS» en el acrónimo en inglés), como un servicio de coste variable, ha permitido a Nayan Ruparelia hablar de unas nubes que se regeneran y completan por sí mismas, en función de los datos que manejan, de la asociación cambiante entre los mismos y de los requerimientos de los usuarios (input), con un elevado nivel de automatización de las propuestas (output), basadas en capacidades predictivas que superan de manera inédita los modelos econométricos más complejos. El tratamiento de los datos en las nubes de manera segura, la solidez y adaptabilidad de la infraestructura para acomodar innumerables combinaciones de requerimientos funcionales y perfiles de uso. No obstante el empeño pan-europeo (en realidad, del eje Alemania-Francia-Italia) de crear una nube pública independiente y alineada con los principios del reglamento general de protección de datos de la UE (calificado recientemente de «obsoleto» por uno de sus promotores, el parlamentario europeo Axel Voss, lo que da idea de lo rápido que evoluciona el panorama ontológico y tecnológico en este ámbito, especialmente por las consecuencias de la pandemia, que ha impuesto nuevos hábitos de uso de aplicaciones y facilidades residentes en las nubes de Internet), Gaia-X, lo cierto es que tanto el tráfico internacional entre centros de proceso de datos como los accesos locales a los mismos están ocupados -en más de dos tercios- y seguirán estándolo crecientemente en los próximos años por los titanes de Internet, como ilustra en un reciente análisis Patrick Christian, de Telegeography. En la medida en que las nubes sigan siendo enormes fuentes de ahorro e innovación para los usuarios y se mantenga la competencia entre ellas, nos encontraremos en el mejor escenario posible para sacar entre todos el máximo partido a Internet.

Fuente: eE

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